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jueves, 2 de julio de 2015

CIPRIÁN CABRERA JASSO

La película pasajera

Se nos ha dicho de golpe   casi a flor de piel
que la vida es una película pasajera
a la que asistimos sin permanencia voluntaria

y que cada quien sale a la hora precisa

Se nos ha dicho   también   que la cinta tiene de todo
y que hay que aguantar hasta el final

(aunque a veces tratemos de salirnos antes de tiempo)

Se nos ha dicho que representamos distintos papeles
y que el argumento está lleno de violencia

de ríos de sangre    de niños escuálidos    muertos de hambre

de mujeres violadas en su piel de niñas

de bombas que perforan la tierra y crean cráteres en la piel

Se nos ha dicho
                      se nos repite siempre
                                                    casi se nos grita

que hay que soportar

que no cerremos los ojos
                                    que no nos tapemos los oídos
                                                                     ni nuestras bocas
como los monos de la tradición china

se nos dice y vuelven a decirnos

que la muerte es sólo un cambio de personaje
que no desaparecemos nunca

que todo continúa
y que regresamos a la misma película
a la misma cinta
para ponernos otras máscaras impalpables
otros trajes en la desnuda vergüenza
otro sueño en los ojos    otra neblina

otra muerte


(De Obra poética III, Universidad Juárez Autónoma de Tabasco, Col. Carlos Pellicer, primera edición 2011, pp. 208-209) 

miércoles, 10 de junio de 2015

SENTADO EN UNA PIEDRA

José Carlos Becerra
Ilustración Víctor Argüelles, tinta s/papel.

No estaba preparado para llorar; no estaba preparado para creer en mí,
para herrarme con el sello candente de la libertad,
para errar mi corazón en la Ciencia,
para tocarlo todo y dejarlo todo bajo la misma llovizna insistente,
yo también empapado por esa llovizna que cae sobre la ciudad.

Y por lo tanto
no estaba listo para los hombres, para tocarlos con mi palabra,
para que mi corazón los oliera sin náuseas, adivinando los estornudos
de su propio fantasma.

Debí sospecharlo al cruzar el espejo, debí sorprenderme,
al salir de mi imagen me vi ileso, no sentí vidrios rotos por ninguna parte;
eso fue lo que entonces creí,
y estaba equivocado, lo confieso, porque había vidrios rotos,
algunas astillas estaban hincadas en mí delicadamente,
pero no lo sentí porque en esos momentos yo era esas astillas,
esa frágil constancia de mí mismo, esa leve tortura de atravesar el espejo sin reconocernos,
sin hacer guiños, sin palabra sagrada,

Pero ahora, sin arrepentimiento, sin hablar de perdón, sin mueca obsesiva, sin sangre obsesiva;
yo señalo esta distancia, este desgarrón donde el sol de la tarde deja crecer pequeños gusanos de luz,
pequeñas colonias de un poniente en descomposición, de un alma pintada de cal
por el ocio de su incertidumbre.

Y acepto la evidencia de esta ciudad, de este reclamo de un amor
todavía no concedido a los hombres,
y veo en mi piel las razas nocturnas, floran en mi mirada sus primeros refuerzos,
me buscan en el temblor que alguna vez he sentido,
temblor de aproximaciones…

No, no estaba preparado para convocar el asalto,
el mundo ha envejecido de súbito,
la noche ha sido preñada por el sol nuevamente,
las bestezuelas de mis mejores días han roto sus jaulas y han escapado,
tal vez han ido a morir al desierto,
las aguas donde estuvo escrito mi nombre se apartan lentamente, ondulando como si un tren
hubiera trepidado sobre los puentes.

He desaparecido de mi propia creación
y volveré a surgir el día que rompa los vidrios de mi muerte,
pero esta vez no será posible el accidente, la inocencia del gesto;
no, no será posible romper esos vidrios sin querer, como un niño jugando con una pelota,
sino de frente y con los puños.


De La hora y el sitio: antología poética / José Carlos Becerra, Gobierno de Estado de Tabasco, 2006, pp. 51-52. 

sábado, 31 de mayo de 2014

Un poema de José Carlos Becerra

El azar de las perforaciones

Puse las manos donde mis guantes querían,
puse el rostro donde mi antifaz podía revelármelo;
mi única hazaña ha sido no ser verdadero, mentir con la conciencia de que digo la verdad,
mirar sin aspavientos mi existencia, desfigurada por lo que la hace vivir,
rodeada por lo que tiene de centro, de membrana interior.

He utilizado la palabra amor como un bisturí,
y después he contemplado esa cicatriz verdosa que queda en lo amado y en el amante,
y esa cicatriz verdosa brilla también en estas palabras,
y en mi mirada también pueden sentirse los bordes carnosos y finos
de esa cicatriz, de esa estrella sin fuego.

La noche ha pasado hacia el mar,
ha pasado llevándose mis antiguas estatuas,
y yo vi cómo borraba también el burbujeante silencio de los conspiradores,
de los héroes que extraviaron su heroísmo al nacer, al ser héroes por primera o por última vez.
La noche se desliza entre los barcos anclados,
y el gran velo del trópico, como un cuerpo a la deriva, cae sobre nosotros;
cae con lentas oleadas de insectos, y el calor es una lengua obscena
que lame por igual los cuerpos de los vivos y de los muertos.

Vuela la noche sobre el mar y del mar regresan los últimos pájaros,
la luz de los faros se unta a la dureza de esas aguas oscuras, se extiende sobre ese ritmo arrebatado a otra vida,
y con un movimiento impreciso, el sueño de la tierra
levanta los remos.

¿Dónde podría yo estar diciendo la verdad?
¿De qué antifaz arrancaría yo mi rostro para probar el dolor de mi mentira?
¿De qué rostro arrancaría yo mi antifaz para probar la tela de mi vida,
la gran envoltura de lo que me rodea?
Pero la vida es la gran respiración de la muerte,
el ruido de las pisadas de nuestras propias hormigas.

Se hunde la noche en los rostros y en las palabras,
el trópico extiende sus calientes y húmedas mantas sobre mi corazón.,
y una respiración pausada de agua podrida, una fresca dulzura de sapos, envuelve a las cosas.
Y es el vaho de la piedad, la gran religión del desacuerdo con el amor y con las macizas exploraciones del odio,
lo que enciende sus lámparas veladas, sus frases veladas, sus caricias veladas.

Y yo toco aquello que tal vez me corresponde, que tal vez me alimenta, que tal vez me devora;
yo palpo la dureza y la blandura de mi alma, no con mis manos
sino con mis guantes; mis falanges de cuero, mis uñas de gamuza exploran la verdad
como una apariencia temporal de la mentira, y exploran la mentira como un túnel
por donde hacemos pasar la verdad.
Todo yo me sorprendo, todo yo me designo;
este descubrimiento es ventajoso, mis manos no existen, existen mis guantes,
las aguas de la Historia me llegan a los labios, me suben a los ojos,
son el caldo de cultivo apropiado para interrogar dentro de él a Dios,
la bañera donde los enfermos cabecean confundidos con su enfermedad,
donde los héroes respiran dolorosamente confundidos con sus estatuas.

Mis guantes exploran mis manos,
en la humedad del trópico exploran la sequía deslumbrante del desierto,
palpan los grandes glaciares entrando en el océano con la serenidad de las grandes catástrofes.
Las hojas podridas se enternecen con esta exploración, los mosquitos escoltan el anochecer,
la realidad se desviste en sus lámparas.

La noche baja al mar, en los manglares de detiene la luna,
¿quién oye ese rumor de insectos en la caliente y húmeda noche?
¿Quién oye ese rumor de cuerpos encontrados en la memoria, en el sudor del alma, en el chasquido de la nada?

Esta indagación sólo podrá ser realizada por el artificio,
el antifaz irá trasplantando el rostro, los guantes tendrán a su cargo la creación de las manos,
la mentira abrirá un túnel bajo lo que llamamos real, pondrá en entredicho la dureza de ese piso.
Sólo así mi tacto será más vivo,
y mi respiración dará menos vueltas para encontrarse con mi alma,
o con aquello que pregunta por mí, si es que algo pregunta por mí.

¿Quién escucha este zumbido de insectos en la caliente y húmeda noche?
También la luz de los faros ha sido contagiada por el rumor inarticulado de esas aguas, por lo corrosivo de ese movimiento.
Pero hay un rumor de remos, hay un rumor de remos;
debemos escucharlo con atención.