viernes, 21 de noviembre de 2014

UN POEMA POR CIUDAD JUÁREZ (Lectura del 28 de septiembre de 2013)

Foto: Del blog azuldemar.blogspot.com de Pedro Javier (España)



AMULETOS PARA UNA CIUDAD-DESIERTO

Vi una tempestad atravesada por lamentos,
flores endurecidas en su propia belleza y,
en los desvanes, augurios sobre excremento de palomas.
ANTONIO GAMONEDA


Es de todas partes el percance que dibuja el rostro.
Es de aquí el gesto y la seña
de una muerte colectiva.                                       

Cruenta saña con la que corrompen
un signo de paz
escaso signo de los días
en que se ve polvo pegado a la sangre.

Es de todas partes lo ocurrido: brazos rotos, vertebras rotas,
el abdomen perforado
donde salieron las últimas mariposas a liberar en el aire sus colores.

Porque fueron mujeres congregadas
en el punto negro de una ciudad-desierto.
Ciudad sitiada en el ojo.
Ciudad flanqueada
por bayonetas que dividen
el norte del sur,
como si el sur y norte no fueran polos de una misma ideología,
como si el credo que llevamos dentro no trascendiera la frontera,
de vivir
medio vivir
en un paraje de creencias
que atisban
en cristales rotos la esperanza.

Creencia de mujer, hombre, niño.
Parias en que nos hemos convertido.

Niña o mujer, la mariposa fracturó su ruta,
se dispersó contrariamente a los céfiros celestes
¿Quiénes lloraron la partida?
el padre, la madre, los hijos,
los hijos
de los hijos,
los que anduvieron solos por los predios invadidos de salitre,
los parientes brazos de un río que ahora es sangre,
lágrima petrificada, lava que transporta a miles en un barco llamado: Dolor,
Ciudad Juárez, La Paz, San Fernando, Atenco.

Porque es de aquí,
es de allá,
de todas partes ese mal que gobierna al hombre
con su talante dividido
de raza primigenia
de casta primigenia.

El ser que mata y aniquila
el ser atónito ante otro ser
cuando le es arrebatada la vida,
el aire todo,
los músculos,
la visión de golpe.

El ser que yace
con su violencia
a cuestas;
que ostenta el nombre
de una raza oscura,
de asesinos.

Los que llevan en vez de ojos
la oquedad de una pistola
encañonando a un inocente.

Los escasos de razón.
Los que desde ahí nos observan.
Los huecos de razón.
Los de sangre congelada.
Los desconocidos.
Los que no llevan rostro.
Los enmascarados.
Los protegidos.
Los asesinos.

Quiero envolver mis restos en tu bandera
patria de ojos tuertos
porque soy cuerpo que reclama
que se yergue desde el bosque del silencio
desde el corazón de concreto
de la plancha calcinada.

Para levantar el grito,
partido ya desde que el oído escuchó
el estallido de una bala
el crujir de un hueso en medio de la noche
de la mujer que dejaron en la esquina,
y que ahora, sus parientes
llevan flores.

La mujer sin carta de identificación, porque ella
viajaba sola y había olvidado su carnet, su IFE, su última carta,
su despedida.

Porque fue, última exhalación
y anduvo perdida y rota
como voz destejida de tiempos remotos.

Voces de mujeres,
mujeres.

Las mujeres todas.

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